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La conexión latinoamericana

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Connectas 23 March 2016

Argentina, Brasil, México, Venezuela, Chile, Perú, Cuba, Uruguay, Panamá y Colombia fueron algunos de los países utilizados para mover las obras de arte robadas por los nazis. En estas rutas estarían las claves para encontrar parte del botín más cuantioso de la historia.

¿Se ha preguntado alguna vez por el origen y recorrido que ha seguido una obra de arte que se detuvo a observar, y lo dejó embelesado, en la sala de un museo de Europa, Estados Unidos o América Latina?

Alguna de ellas puede ser una de las protagonistas del robo de arte más grande de la historia, que se dio bajo la expansión del régimen nazi en Europa. Según expertos que han investigado este saqueo y la forma en la que se relaciona con el Holocausto, fueron más de 600.000 las obras que cambiaron de mano de forma irregular entre 1933 y el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. El destino del 90 por ciento de estas piezas sigue siendo un misterio.

A partir de la década del 90 el tema ha adquirido especial notoriedad, especialmente en Europa y Estados Unidos. Pero hasta el momento un capítulo inexplorado de la historia es el que tiene que ver con América Latina, en donde hay varias claves que permiten comprender lo que pasó con el valioso botín.

Alguna de ellas puede ser una de las protagonistas del robo de arte más grande de la historia, que se dio bajo la expansión del régimen nazi en Europa. Según expertos que han investigado este saqueo y la forma en la que se relaciona con el Holocausto, fueron más de 600.000 las obras que cambiaron de mano de forma irregular entre 1933 y el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945. El destino del 90 por ciento de estas piezas sigue siendo un misterio.



La azarosa ruta que siguieron las obras de arte robadas por los nazis a través de la región mezcla historias de ambición, espías, contrabando, intrigas, listas negras de galerías, comerciantes y coleccionistas. Tiene como protagonistas desde un Presidente y prestigiosos museos, hasta ministros, delegaciones diplomáticas, profesores y cientos de refugiados que huyeron dejando todo o transaron con el enemigo por salvar sus vidas. También hay condesas y duques del pasado que hoy reclaman obras de arte que hicieron parte de una gloria que les fue arrebatada. Así se evidencia en cientos de miles de documentos desclasificados que incluyen interrogatorios, inventarios hechos por los mismos nazis y cruces de correspondencia. Documentos que por años se mantuvieron secretos y hasta el momento nunca se habían abordado desde una perspectiva latinoamericana.

 

Por ejemplo, la historia del ruso León Viasmensky, uno de los contrabandistas de arte robado por los nazis según la Oficina Federal de Investigación de los Estados Unidos (FBI), quien habría obtenido ayuda del entonces presidente de Panamá Arnulfo Arias para sus actividades. Según los documentos desclasificados, Viasmensky, gracias a contactos de alto nivel en el Istmo habría logrado un pasaporte de ese país bajo el nombre de Alfredo, lo que le permitió moverse sin mayor sospecha sobre él y su equipaje, en el que llevaba las obras. Estados Unidos veía con desconfianza a Arias por su cercanía con los nazis, por lo que no es descartable que los informes de inteligencia de la época estuvieran contaminados con ese prejuicio.

 


Gracias a los interrogatorios hechos por militares de los países Aliados a cargo de la recuperación del arte perdido, se ha comprobado que los contrabandistas usaron además ciudades de México, Cuba, Brasil, Argentina, Venezuela, Chile, Ecuador, Colombia, Perú y Uruguay, entre otros. Una vez allí, se establecían los contactos para las transacciones, la mayoría de las veces con prestigiosas galerías o museos principalmente de Nueva York, entonces el epicentro del arte en toda América. V
er documentos 1, 2, 3, 4, 5

 

En una comunicación del 2 de noviembre de 1943 entre Sidney D. Markman y W.B. Dinsmoor (ambos profesores e investigadores estadounidenses expertos en el mundo del arte, la arqueología, la historia y la arquitectura), el primero le dice al segundo que aunque duda “que muchas de las obras europeas robadas terminen en colecciones de museos de Latinoamérica”, tiene la certeza de que un grupo de esas pinturas “se mantiene en algún lugar de Colombia” y le habla de un marchante de arte que “aparece y desaparece de Panamá y tiene conexiones directas con Argentina”, además de que califica a la mayoría de comerciantes de obras de arte que están en la región como “menos escrupulosos” que los de otras latitudes.

La comunicación hace parte de los archivos de la Comisión Roberts, creada en junio de 1943 por el gobierno de Estados Unidos para la protección y recuperación de obras de arte en zonas de guerra, que en diciembre de ese año se complementó con la creación de un grupo de soldados británicos y estadounidenses que trabajó con ese mismo fin en el campo de batalla, y en el que George Clooney se inspiró para su famosa película “The Monuments Men”. Ver documento.

 

‘The Monuments Men’ fue dirigida por George Clooney y estrenada en 2014. Wikimedia Commons.En la carta, Markman también le dice a Dinsmoor que hasta la entrada de Estados Unidos en la guerra (diciembre de 1941), las embarcaciones que salían de Alemania a América Latina, vía España, llegaban a Colombia con mucha facilidad, lo que pudo influir en que varias obras de arte empezaran así en el continente un largo e incierto recorrido. Y menciona a Cali y Quito como probables “centros de tráfico” de los cuadros. Ver documento 1 y 2

El papel de los países neutrales

En medio de la guerra todo valía. Por ejemplo, el hecho de que un país se mantuviera neutral facilitaba las rutas que siguieron las obras robadas por los nazis. Hoy, con la desclasificación de millones de documentos al respecto, tanto en Estados Unidos como en Alemania y Francia, se sabe que uno de los métodos de los nazis y de los comerciantes involucrados en este descomunal saqueo era ‘lavar’ las obras primero en Buenos Aires o en Río de Janeiro, para luego trasladarlas a Estados Unidos, donde algunas aún permanecen exhibidas en las salas de connotados museos.

Ver documento 1 y 2 

La elección de Argentina y Brasil fue estratégica, dado que ambos países le declararon la guerra al Eje faltando poco para que terminara el conflicto. En esas naciones durante su ‘periodo neutral’ prácticamente no hubo controles que obstaculizaran la entrada de mercaderías, incluyendo las preciadas obras.

Hoy, con la desclasificación de millones de documentos, se sabe que uno de los métodos de los involucrados en este descomunal saqueo era ‘lavar’ las obras primero en Buenos Aires o en Río de Janeiro, para luego trasladarlas a Estados Unidos, donde algunas aún permanecen exhibidas en las salas de connotados museos.

Marcelo Daniel El Haibe, jefe de la División de Patrimonio Cultural de Interpol Argentina, menciona esta posibilidad y la dificultad de dar hoy con el paradero de las obras pues se requiere que los damnificados o sus descendientes aporten información, toda vez que por el tiempo transcurrido seguir la pista de los cuadros es ya un trabajo de grandes complejidades.

​Durante la Segunda Guerra Mundial, en América Latina eran pocos los centros urbanos que además de los recursos tuvieran una tradición ilustrada de consumo de bienes de esta categoría. Buenos Aires cumplía estos requisitos pues contaba con una élite muy rica a la sombra del comercio de granos con Europa, y al tener fuertes nexos con el Viejo Continente, era común que sus ciudadanos conocieran y tuvieran arte de gran calidad.


Museo de Arte de São Paulo, más conocido en Brasil como MASP, uno de los más importantes de América Latina.Wikipedia Commons

En Brasil sucedió algo similar con todo lo que significó la presencia portuguesa. En el gigante del sur vivía por esos días Francisco de Assis Chateaubriand Bandeira de Melo, un magnate a quienes varios historiadores califican como el hombre más poderoso que ha tenido Brasil en la era moderna.

Francisco de Assis Chateaubriand Bandeira de Melo es considerado por muchos como el hombre más poderoso de Brasil durante el siglo XX. Esta foto del fundador del MASP fue tomada en 1937.Archivo de Diarios Asociados

Una de sus obsesiones fue construir en su país un museo de las dimensiones del Louvre de París. Algo que logró avanzar con una de las colecciones de arte más importantes de toda América Latina, la del Museo de Arte de São Paulo (MASP), que fundó en 1947. En esta investigación se revela la controversia que hay sobre cinco esculturas realizadas por el francés Edgar Degas, hoy reclamadas por una familia que asegura fueron robadas por los nazis. El MASP afirma que todo está en regla y es el propietario legal de las obras, pero aún existen vacíos en el recorrido de esas piezas durante los años de la guerra.

Los documentos históricos revisados para esta investigación también cobran relevancia en la medida en que aportan luces de lo que fue la realidad de esa época. En uno de ellos, por ejemplo, un periodista que trabajó en la capital argentina durante la guerra escribe en un reporte: “Personalmente vi pinturas y esculturas robadas por nazis en venta en Buenos Aires, desde finales de 1943, y todos los recibos de esas transacciones los tiene (Hermann) Goering (el segundo hombre más importante del nazismo, después de Hitler)”.

En otro, con fecha del 29 de diciembre de 1943, un alemán residente en la capital argentina le escribe una carta a una reconocida galería de Nueva York, Rosenberg & Stiebel, ofreciendo un Picasso en 12.500 dólares. No está claro si, por ejemplo, esta eventual transacción fue una vía que encontraron los Rosenberg para recuperar su valiosa colección, que tuvieron que abandonar años antes al ser parisinos de origen judío. Esto evidencia la complejidad del análisis de la información desclasificada. Ver documento 1 y 2

 

Según los documentos, las ‘triangulaciones’ de obras se podían dar en varios casos en La Habana, o en el puerto de Balboa, en Panamá, de donde podían salir hacia Lima y luego Buenos Aires, o hacia Barranquilla, en Colombia, escala previa para llegar a Venezuela. Por ejemplo, una colección de casi 50 pinturas que el comerciante venezolano Henrique Castro Gómez envió el 19 de febrero de 1944 de Balboa a Lima, fue interceptada y puesta a disposición de las autoridades pues Castro se negó a dar el valor de las mismas. Los cuadros, casi todos de artistas europeos, tenían entre 25 y 200 años de antigüedad según los registros de la época.

También se registra una comunicación que un tal Zigmund (sin apellido) envía desde Buenos Aires a Émile Wolf en Nueva York, el 12 de mayo de 1944, en la que el primero narra que acaba de llegar de Portugal y tiene 55 mil dólares bloqueados en una cuenta en Estados Unidos, y le dice a Wolf que quiere ayudar a un muy buen amigo, escultor de Viena que ahora vive en Argentina y dueño de dos importantes pinturas que pertenecieron “al mismísimo emperador Maximiliano” y que el gobierno austriaco vendió en subasta pública. Todo esto despertó sospechas en los investigadores pues además el supuesto escultor, a quien identifica como Carlos Gelles, necesita con urgencia de efectivo, pero eso sí, al contactar a potenciales compradores Zigmund siempre aclara que “es mejor no excederse en todos los detalles de la historia de los cuadros”, pues podrían aburrir a los clientes, dado que son datos muy locales que sólo les interesan a los austríacos. Ver documentos 1, 2, 3.

 

 Soldados de Estados Unidos sostienen la obra ‘En el conservatorio’ de Édouard Manet, robada por los nazis y recuperada en 1945.Departamento de Defensa de Estados Unidos



Maracay, capital del estado Aragua, en el centro de Venezuela, también aparece mencionada en numerosos documentos, enviados casi todos desde Nueva York a un comerciante llamado Roberto Neugebauer, a quien le dicen, en 1944, que ha llegado el momento perfecto para comenzar a vender pinturas antiguas en América Latina. Ver documentos 1 y 2.

Tal vez por eso, el 2 de septiembre de ese año un señor Schoneman, desde Estados Unidos, le ofrece a Alejandro Pietri, residente en Caracas, “una verdadera ganga”, el ‘San Pedro arrepentido’ de Rembrandt, que pertenecía a la famosa colección Mannheimer, de Holanda.  Ver documentos 1, 2, 3, 4.

 

Venezuela también sirvió de refugio forzado para un prestigioso galerista de arte de Munich, que salvó su vida y la de su familia tras llegar a un acuerdo con el número dos del régimen nazi, Hermann Goering, para abandonar todos sus bienes en Alemania a cambio de una finca cafetera, que tuvo que comprarle a una pariente de Goering por un precio que no se correspondía con el terreno que adquiría. Ver documento.

Hoy, sus descendientes han retornado con igual fuerza al mundo del arte. Se trata de los Bernheimer, dueños de una de las más prestigiosas galerías del mundo. Gracias a la revisión de los documentos, esta investigación logró identificar obras que hace varias décadas comenzaron a ser reclamadas, pero de las que los actuales miembros de la familia no tenían conocimiento.

Venezuela sirvió de refugio forzado para un prestigioso galerista de arte de Munich, que salvó su vida y la de su familia tras llegar a un acuerdo leonino con el número dos del régimen nazi, Hermann Goering



La ruta América Latina - Estados Unidos fue también la elegida para una importante colección de pinturas europeas que primero llegó a Cuba, desde donde fue enviada por barco a la ‘gran manzana’. Lo curioso es que el vendedor, radicado en La Habana, se dirigía con un nombre distinto a cada potencial comprador. El marchante destacaba siempre un Correggio, un Rousseau y un Dupré -por los que en total pedía 20 mil dólares- y ofrecía un 10 por ciento de comisión al intermediario que le ayudara a poner esas obras en el prestigioso mercado neoyorquino.

 

En los documentos desclasificados está el registro de una influyente pareja de marchantes de arte radicada en Nueva York que el 12 de agosto de 1944 sufre la retención en Laredo, Texas, antes de cruzar la frontera hacia México, de un cargamento de 11.400 objetos (entre pinturas, muebles, tapices góticos y alfombras). En la declaración de aduana se asegura que las obras “tienen más de 100 años de antigüedad” y aparece un juramento de la dueña de la galería, Paula de Koenigsberg, en el que afirma que ha investigado el origen e historia de todos los objetos que envía. Sin embargo, no deja de resultar llamativo que las obras de arte no fueran registradas en la aduana una por una, como se hacía con los objetos que salían temporalmente de Estados Unidos pues sólo viajaban para “hacer parte de una muestra”. Ver documentos 1, 2, 3.

 

Aunque a los Koenigsberg (Paula y Nicolás) nunca se les pudo comprobar que comerciaran arte robado en Europa, siempre estuvieron en la mira de los investigadores que trabajaron por encontrar esas obras y restituirlas a sus legítimos dueños, pues según los organismos de inteligencia de los Aliados simpatizaban con el nazismo y se dirigían a sus posibles compradores con mensajes en clave y a veces utilizando seudónimos.

 

La mayoría de sus contactos y negocios estaban en la Ciudad de México, Buenos Aires, Santiago de Chile, Caracas, Rio de Janeiro y Montevideo. Reconocidos en toda América, su especialidad era lo que los nazis calificaban de ‘arte degenerado’ y entre sus clientes había coleccionistas privados, galeristas y personas refugiadas con títulos nobiliarios. En una carta fechada el 18 de septiembre de 1944, los Koenigsberg le piden a una “Condesa Zoubouff”, en Buenos Aires, que no discuta con nadie más los precios que ellos le ofrecen por algunas obras. Ver documentos 1 y 2.

La pareja también tuvo varios problemas con vendedores y compradores por incumplimiento en los pagos, las entregas y por la falta de certificados de autenticidad de algunos cuadros, entre ellos uno de El Greco y otro de Renoir, que al parecer trataron de vender en vano en Argentina. Ver documentos 1, 2 y 3.

Aunque a los Koenigsberg  nunca se les pudo comprobar que comerciaran arte robado en Europa, los investigadores siempre sospecharon de ellos pues simpatizaban con el nazismo y se dirigían a sus posibles compradores con mensajes en clave y a veces utilizando seudónimos.

 

Pero de la ruta inversa (Estados Unidos - América Latina) también hay registro. Ésta se evidencia, por ejemplo, en varios reportes del FBI que mencionan a un tal Richard Zinser, agente alemán que se dedicaba a vender arte robado, la gran mayoría en México. Dos de sus mejores compradores eran también alemanes: Simon Benin, dueño de una galería en el D.F., y Kurt Stavenhagen, a quien en abril de 1943 trata de venderle una “joya de Cézanne” y un Degas, aunque pide permanecer anónimo en todas las transacciones, que además deben ser pagadas en efectivo. Ver documentos 1 y 2.

En una nueva carta del 19 de junio de 1944, Zinser le solicita al mismo Stavenhagen que no vuelva a mencionar el nombre de la pintura que en ese momento negocian: ‘Profile portrait of a lady’, de Pisanello. Ver documento.

Los años de la guerra y de la inmediata posguerra fueron muy productivos para el mercado de arte en Latinoamérica. Un señor Blum, en Nueva York, le escribe el 1 de noviembre de 1944 a Arturo Gruenebaum en La Paz (Bolivia), para confirmarle que ha visitado numerosos museos y galerías, entre ellas la famosa Wildenstein, y que tiene acceso a importantes obras de Renoir que seguro pueden ser vendidas en cualquier país de la región.

 

Así luce hoy la fachada de la Galería Wildenstein, en la tradicional Avenida Córdoba de Buenos Aires.ConnectasEl apellido Wildenstein -dinastía de origen judío que también sufrió el saqueo de arte en Francia- aparece mencionado en varias comunicaciones interceptadas por los Aliados, en las que se trata de conseguir información sobre obras robadas por los nazis que llegaron o están por llegar a Argentina y que, según los documentos, los Wildenstein vendían luego a veces precios muy bajos.

Esta investigación encontró que muchos años después, un testigo de excepción denunció en detalle ante las autoridades de ese país las colecciones robadas que supuestamente estarían en la Galería Wildenstein, en Buenos Aires, pero la denuncia no avanzó ante la justicia argentina. El edificio de la galería aún existe, pero lleva varias décadas cerrado, aunque le hacen aseo semanal. Para conocer su versión sobre estos hechos se les buscó en varias ocasiones, sin tener respuesta.

Esta reconocida familia del mundo del arte sostuvo un pleito durante varios años contra el periodista puertorriqueño Héctor Feliciano, autor de la más completa investigación hecha sobre el tema, reunida en el libro “El museo desaparecido: la conspiración nazi para robar obras maestras del arte mundial”. En su trabajo, que tomó cerca de una década de pesquisas y que centró su mirada en algunas colecciones robadas en Francia, se mencionan vínculos entre los Wildenstein y algunos marchantes de los nazis, lo que sirvió como argumento para una demanda por daños y perjuicios, que no prosperó y que concedió la razón a Feliciano.

¿Cómo lo hacían?

Pero ante las dificultades logísticas, la solución propuesta en el invierno de 1943 a quienes esperaban el cuadro en Nueva York fue enviarlo por tren a Marsella o a la misma Lisboa, para que de cualquiera de esas dos ciudades saliera en barco hacia la ‘gran manzana’. El recorrido de la obra, cuyo nombre se desconoce, quedó registrado en varias cartas y telegramas interceptados por los Aliados durante y después de la guerra, en las que queda claro que sacrificaban la rapidez por la seguridad en el negocio. Ver documento 1 y 2.

En otros casos, se ha establecido que los comerciantes e intermediarios se valieron muchas veces de valijas diplomáticas para hacer los envíos y así evadir los controles de aduanas. La supuesta transferencia de un cuadro de Lucas Cranach el Viejo y otro de Ingres de territorio ocupado a Estados Unidos habría utilizado esa estrategia.

Eso, cuando no eran directamente los diplomáticos los involucrados en el movimiento de las obras en América Latina: en una de las cartas interceptadas, por ejemplo, la esposa de un diplomático argentino en México (Carlos A. Pardo) le escribe en octubre de 1944 a la esposa del agregado militar de Argentina en Washington (Octavio Parodi), para preguntarle si quiere que le envíe todas las obras por barco a New Orleans y rogarle que usen el “sello diplomático” para todas las comunicaciones posteriores que tengan sobre el tema, así como no mencionar los nombres de los artistas o de los cuadros embalados, para evitar problemas.

Ni siquiera se salvan los profesores. Uno que dictaba historia del arte en el Liceo Francés de Montevideo, llamado Claude Shaefer, se muestra muy ansioso por vender en Europa su “valiosa colección de arte”, que asegura consta de unas 1.500 piezas e incluye cuadros de Beckmann, Chagall, Klee, Léger, Manet, Munch, Nolde, Toulouse-Lautrec y Rodin. La carta está fechada el 1 de noviembre de 1944 y deja en el aire varias preguntas, como por qué no quería venderla en América Latina y por qué aseguraba que estaba obligado, “dadas las circunstancias”, a ofrecerla a precios bajísimos. Ver documentos 1, 2, 3, 4.

En este tráfico de arte robado por América Latina, aparecen varios nombres que coinciden con los registrados en otras partes del mundo. Es el caso de Hans Wendland, Paul Graupe y Arthur Goldschmitd, los tres identificados en documentos desclasificados como agentes al servicio de los nazis.

 

Un reporte elaborado el 2 de mayo de 1944 por el FBI se refería así al más prominente de los tres socios: “Wendland es descrito como un importador de obras de arte a gran escala y de quien se dice es agente financiero y representante de Hitler y (Hermann) Goering. Visita París con frecuencia y se sospecha que comercia con obras de arte incautadas y decomisadas de Francia y otros países ocupados”. Ver documento.

Otro informe secreto, fechado el 26 de septiembre de 1945, detalló el vínculo de Wendland con Goering:  “Es un comerciante de arte altamente sospechoso, un importador de arte, un supuesto ‘comprador’ para la colección de Goering, y un presunto traficante de obras de arte robadas en Francia”. En el mismo informe se hacía referencia a su vínculo con México, donde residía su hermana Dore y a donde buscó transferir parte de su fortuna tras el fin de la guerra.

En los documentos revisados para esta investigación se menciona cómo Goldschmitd estableció una ruta por Cuba, de donde despachaba directamente hacia Estados Unidos o triangulaba los envíos a través de México. Así ocurrió, por ejemplo, en enero de 1944, cuando Graupe –quien residía en un lujoso departamento a un costado del Central Park de Nueva York– le envió una carta a Goldshmitd –en aquel entonces residente en La Habana–, en la que le proponía vender en México la pintura ‘La Anunciación’, atribuida a Rubens. Según el escrito, la pintura perteneció a un Conde y a un personaje que vivía en Londres, y de acuerdo con los expertos consultados por el FBI, la obra artística fue realizada entre 1609 y 1610.

 

Otro personaje que aparece en los documentos es quien terminó sus días en Colombia como uno de los más reconocidos libreros de la época: el alemán Karl Buchholz.

 

‘Paisaje con caballos’, obra del expresionista alemán Franz Marc, encontrada  hace unos años en el apartamento de Cornelius Gürlitt en Múnich. Wikimedia CommonsLas dudas sobre él llegaron tras conocerse que fue uno de los cuatro negociantes de arte autorizados por los nazis para las transacciones con los objetos robados. De estos, el más notorio es quizás Hildebrand Gürlitt, De hecho, hace un par de años a su hijo Cornelius Gürlitt le encontraron una propiedad con más de 1.500 piezas artísticas, robadas, que mantenía ocultas en Munich.

 

 Cortesía Susan RonaldDe acuerdo con la historiadora estadounidense Susan Ronald, autora del libro “Hitler’s Art Thief: Hildebrand Gürlitt, the Nazis and the Looting of Europe’s Treasures” , publicado a finales de 2015 en su país, cada uno de esos cuatro marchantes tenía algo distinto que aportarle al régimen nazi y por eso fueron los elegidos para tener permisos especiales, aunque existieran decenas de marchantes regados por Alemania y otros países que también hayan colaborado, sin saber o sabiéndolo, con la política sistemática de saqueo.

“Fueron muchísimos los marchantes involucrados con la compra y venta de arte robado, pero estos cuatro tenían unos roles especiales y muy bien definidos”, explicó Ronald a esta investigación desde su casa en Londres.

La noche en que todo cambió

La política de expoliación y saqueo de obras de arte, la gran mayoría perteneciente a coleccionistas judíos, fue sistemática entre 1938 y 1945. “Las colecciones judías fueron los primeros objetivos, los más fáciles, pero no se quedaron en ello. Siguieron con robar las colecciones de los enemigos políticos, de los masones (...) e incluso a las personas y naciones convenientemente marcadas como indeseables para la raza superior, la raza aria”, se lee en uno de los informes desclasificados sobre el tema, que hoy reposan en los Archivos Nacionales de Estados Unidos.

 

Tienda judía destruida durante la Noche de los Cristales Rotos en Magdeburgo (Alemania), noviembre de 1938.Archivo Federal de Alemania (Bundesarchiv)Sin embargo, ya está plenamente documentado que fue desde 1933 que ocurrieron las ventas forzosas y confiscaciones. Pero la fecha histórica que podría señalarse como la que dio origen al saqueo de manera formal fue el 9 de noviembre de 1938, tristemente célebre como la Noche de los Cristales Rotos.

Durante un banquete ofrecido por Hitler a los más altos líderes del nazismo, en Munich, Joseph Goebbels afirmó que no le sorprendería que las ventanas de los hogares judíos se estremecieran esa noche por el asesinato, días antes en París, de un diplomático alemán. Esa fue la señal. Vinieron luego los incendios, los saqueos, la violencia en tiendas y hogares de familias judías. Dos días después, el 11 de noviembre, se discutió por fin y de manera abierta, en una reunión de Hitler con otros miembros del partido, el saqueo de colecciones de arte que a partir de entonces se ejecutaría de manera sistemática, organizada, masiva.

La primera lista que hicieron contaba con 50 colecciones valiosas que debían ser confiscadas, todas de judíos, pero ese era sólo el comienzo.

El despojo -que tenía como objetivos el enriquecimiento “moral y espiritual de la nación alemana” y el enriquecimiento material de algunos individuos, en su mayoría los jefes del partido- incluyó también bibliotecas, instrumentos musicales y otros tesoros artísticos.

Aunque está plenamente documentado que desde 1933 ocurrieron las ventas forzosas y confiscaciones, la fecha histórica que podría señalarse como la que dio origen al saqueo de manera formal fue el 9 de noviembre de 1938, tristemente célebre como la Noche de los Cristales Rotos.

Miles de herederos de las víctimas han buscado y reclamado esos tesoros desde entonces en todo el mundo. Muchos de ellos se establecieron en América Latina y desde aquí han dado la pelea para que les devuelvan lo que les pertenece. La presión internacional llevo a que a finales de los años 90 se firmaran lo que se conoce como los Principios de Washington.

Se trata de un compromiso de cooperación para la búsqueda y devolución de los bienes artísticos confiscados y robados durante la Segunda Guerra Mundial, promovido por la ONU y suscrito por 44 países, en la llamada Conferencia de Washington. En esos acuerdos se reafirma que en caso de haber un hallazgo de una pieza robada, se debe buscar una “solución justa” acordada con los herederos de los legítimos propietarios. Obras saqueadas a varias familias han sido encontradas incluso en museos tan importantes como el Louvre de París o en algunos de los más prestigiosos de Estados Unidos.

El caso del matrimonio Oppenheimer es uno de ellos. Jakob y Rosa eran dueños desde 1929 de la Galería Van Diemen en Berlín, donde en 1922 se expuso por primera vez una muestra de arte ruso. En 1933, con la llegada del nazismo al poder, los alemanes cerraron la empresa de Oppenheimer, a la que pertenecía también la galería de arte, y las obras de Oppenheimer comenzaron a ser subastadas ilegalmente.

Con la persecución a la población judía, Jakob y Rosa tuvieron que huir a Francia, donde luego él fue detenido y llevado al campo de concentración de Drancy, cerca de París, en el que murió en 1941. Rosa terminó siendo deportada al campo de Auschwitz, donde también falleció, en 1943. Muchos años después, en abril del 2009, dos pinturas italianas del siglo XVI que durante décadas fueron exhibidas en el Castillo Hearst, en California, sin que se supiera que pertenecían a los Oppenheimer antes de ser robadas por los alemanes, fueron devueltas a dos de sus descendientes: Inge Blackshear, quien se radicó en Buenos Aires cuando sólo tenía 5 años (hoy tiene 80) y Peter Bloch, quien vive en Boynton Beach, Florida (Estados Unidos).

En agosto del 2010, tanto Inge como Peter recibieron otra buena noticia, pues el Museo de Wiesbaden, en Alemania, les devolvió otra obra robada por los nazis a la familia Oppenheimer en aquellos años 30: “Retrato doble de una pareja joven”, del pintor barroco holandés Pieter de Grebber (1600-1653).

 

Bernardo Bellotto, más conocido como Il Canaletto, pintó el Zwingergraben en 1751.Wikimedia CommonsPero la mayoría de las veces no ha habido desenlaces felices, o al menos no por ahora. Es el caso de los herederos en América Latina de la familia Emden, cuyo patriarca, Max Emden, era uno de los comerciantes más ricos de Hamburgo antes de que estallara la Segunda Guerra, además de ser dueño de una valiosa colección de pinturas, la cual fue robada por los nazis.

Una de esas obras terminó adornando las paredes del palacio presidencial en Alemania: el ‘Zwingergraben’, de Bernardo Bellotto.

Cuando trascendió la controversia sobre el cuadro, el presidente alemán de la época -Horst Kölher- ordenó que se descolgara, aunque nunca fue devuelto a sus legítimos propietarios. Los descendientes de Emden, que hoy viven en Chile, libran varias batallas para que se les restituya lo que aseguran les robaron a su familia. En un cable escrito en 1939 y desclasificado por el gobierno estadounidense, se calcula que la colección de Max Emden llegaba a las 121 piezas e incluía pinturas de Monet, Van Gogh, Renoir, Manet y Gauguin, entre otros.

Para otros descendientes tal vez solo haya una posibilidad de reclamación. Es el caso de la reconocida académica del Colegio de Letras Hispánicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Margit Frenk. A sus 90 años, es la única heredera de una importante colección que el crítico de arte alemán Paul Westheim tuvo que dejar en su país cuando huyó para salvar su vida.

 

Margit Frenk es la única heredera de la colección de Paul Westheim, un reconocido crítico de arte que durante el nazismo debió refugiarse en México.Connectas.Se trata de 50 pinturas y esculturas, así como unos 3.000 grabados y acuarelas, realizados por importantes artistas como Oskar Kokoschka, Otto Mueller y Edgar Jené, entre otros. En esta historia, paradójicamente quien le dio una mano a Westheim para que pudiera escapar fue la misma persona que participó en el robo, mientras a él siempre le dijeron que las obras se habían perdido durante bombardeos ocurridos en medio de la guerra.

Algunas piezas de la colección fueron vendidas a través de casas de subasta, como ‘El Violinista’, de Erick Heckel, subastada en 1998 por Christie’s, de Londres, en 993 mil dólares; ‘Naturaleza muerta con botella blanca’, de Jean Pougny, que fue adquirida por la Galería Berlinesa a la Galería Hutton de Nueva York, y una obra del expresionista Joachim Ringelnatz que fue vendida por una casa de arte de Düsseldorf al museo Clemens Sels. Las tres piezas son ahora reclamadas por Margit Frenk, la heredera mexicana de Paul Westheim.


'El violinista', de Erick Heckel, fue subastada en 1998 por la casa Christie's en 993 mil dólares.  

El industrial Julius Priester –quien al igual que Westheim se nacionalizó ciudadano mexicano- fue otro coleccionista que sufrió el saqueo de decenas de obras de arte por los nazis. En marzo de 2015 sus herederos recuperaron la pintura ‘Retrato de un caballero’, de El Greco, que había sido robada por la Gestapo en 1941, de una finca en Viena, junto con otras 49 piezas de grandes maestros como Rubens y Van Dyck. Priester se refugió en México, desde donde inició una batalla legal para recuperar su colección. Sus herederos continuaron esta lucha y en 2014 lograron ubicar la pieza robada de El Greco en una galería de Londres, justo cuando era puesta en venta. La obra fue restituida al año siguiente, tras una búsqueda de más de siete décadas.

Hoy, no queda duda de que muchas de las obras robadas por los nazis en Europa pasaron y, en algunos casos, se quedaron en América Latina. Lo que tal vez nunca se sepa es el número preciso de piezas que llegaron al continente y los múltiples intercambios y transacciones en las que se vieron involucradas, con varios ‘dueños’ que nunca se interesaron en saber el origen real de esos cuadros o que, si lo sabían, nunca quisieron buscar a sus legítimos propietarios, quienes hoy, en muchos casos, más que el valor económico de las obras, lo que buscan es que se haga justicia con la memoria.

 

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